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La ventana del CDN

Desde mi rellano

El rellano de nuestro ascensor es transitado por mi familia, algún personaje despistado que se ha equivocado de escalera, y nuestros vecinos de enfrente: Alex y su mamá, Candela.

Los encuentros con ellos no son muchos, pero recuerdo uno de los primeros. Al abrirse el ascensor mi hijo Darío, y su cuidadora Reme, se encontraron con nuestros vecinos. Reme comentó lo guapo que era el niño y el gran parecido con la madre, quizás guiada por alguna otra curiosidad, apostilló que como al padre no lo conocían no podían apreciar el parecido con él, la mamá, Candela, con la mayor naturalidad, concluyó que no se preocupara que ellos tampoco le conocían.

Ahí se quedo la conversación, no sé si satisfecha por completo la curiosidad de Reme, pero a partir de ahí surgió una discreta relación, llena de miradas, gestos cariñosos y poco más.

Por otro lado, Alex es un gran pintor y ha instalado su galería de arte en el rellano que compartimos. Afortunadamente nadie le ha puesto pega alguna, cosa inusual en las comunidades de vecinos. Va exponiendo temporalmente sus obras que nosotros recibimos con agrado y aplaudimos.

Reformaron su casa y, durante la obra,  Alex y su mamá desaparecieron una larga temporada. A su vuelta Alex había dado un gran estiron. “Hay que ver cómo  crecen los niños cuando dejamos de verlos”. Así lo diría mi madre.

Ya pasado unos días del inicio del confinamiento, nos encontramos un papel debajo de la puerta, recortado a mano y manuscrito, dirigido a Darío en donde le decía:

“Hola Darío soy Alex, ya me he leído todo los libros que tengo en casa y quería pedirte que me dejaras alguno tuyo, en castellano”.

Darío, ilusionado por la petición,  recurre a su biblioteca infantil que conserva, elige un par de libros adecuados para su edad, 8/9 años, y  escribe otra nota que deja bajo su puerta, acompañada de los libros para que los recoja.

Al día siguiente oímos unos nudillos golpeando la puerta, no tocan el timbre, y extrañados por el sistema, abrimos y vemos ya colocado delante de su puerta, con una distancia más que razonable, a Alex que nos saluda, da las gracias a Darío,  nos hace una crítica escueta de las lecturas, y solicita algún otro libro más.

Darío busca otros dos y los deja delante de su puerta. Pasados un par de días el procedimiento se repite y volvemos a escuchar los golpecitos en la puerta, dicho sea de paso esto, junto con los aplausos, se ha convertido en uno de los mejores momentos del día.

Darío ha ido cambiando la temática y extensión de los libros, siempre teniendo en cuenta su edad, pero Alex supera nuestras expectativas y nos solicita  algo más.

No ha dejado su afición por la pintura, y en señal de agradecimiento, nos ha ido regalando en diferentes entregas, unas grandes cartulinas coloreadas con nuestros nombres respectivos en donde pone literalmente:

DARíO (en letra muy grande) y en letra pequeñita

 listo, inteligente, viajero, simpático, positivo y generoso.

Con el mismo sistema:

JUAN, educado, simpático, buena persona.

PEPA, simpática, alegre, inteligente.

Que decir ante esto, nuestra sorpresa, rubor y emoción fue grande, pero los protocolos y distancias fueron respetados rigurosamente, sobre todo por él, y evitó que le diéramos un gran abrazo como hubiese sido nuestro deseo.

Volvemos a los golpecitos y al ritual de recogida y entrega periódico. Darío ha dejado de lado a Gulliver, Tom Sawyer, incluso al Señor de las moscas, y le ha ido dando un poco de literatura fantástica, ciencia ficción e incluso  alguna novela histórica, pero Alex sigue incansable.

De común acuerdo hemos decidido, en la próxima entrega y antes de que acabe esta clausura, cambiar rotundamente de estrategia y dejarle un par de libros, uno de ellos en inglés, de los que le hacen leer a mi hijo en la universidad, mezclando filosofía, política, economía y ver qué pasa….ya os contaremos.

Hablando con Alfredo por teléfono, y comentando esta atrevida  propuesta, me hizo recordar a Matilda. Que me disculpe Roald Dahl, si hay algún parecido, pura casualidad. Por fortuna, incluso en las situaciones más adversas, las historias maravillosas se repiten y pueden estar en nuestro rellano, observarlas es lo que nos mantienen vivos.

Madrid, primero de mayo del 2020, en clausura.

Juan Gómez-Cornejo Sánchez

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